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Cetáceos a la vista

«Los problemas del mar son más grandes que los terrestres. El colapso de los ecosistemas marinos es inminente». La frase ha sido pronunciada esta semana por el oceanógrafo estadounidense Jeremy Jackson, galardonado con el premio a la Conservación de la Biodiversidad concedido por la Fundación BBVA y que le entregó el Príncipe de Asturias.

La «sobrepesca» que denuncia el investigador de la Universidad de California ha puesto en trance de desaparición al 90% de los grandes peces, como bacalaos, atunes, tiburones y merluzas. «El mayor problema al que se enfrentan los océanos es la humanidad», resaltó Jackson.

Para acabar con esa tendencia tal vez sean útiles iniciativas como la que acometen el Centro Tecnológico AZTI, el Aquarium de San Sebastián y las organizaciones Ámbar y Eibe. Todos ellos pretenden dar a conocer a los mamíferos marinos (ballenas, delfines, orcas, marsopas...) que son nuestros vecinos, que habitan en aguas del Cantábrico y a los que, con un poco de suerte y mucha paciencia, es posible observar en su medio natural. Y, como se ha dicho tantas veces, conocer es amar.

Aunque, a decir verdad, la relación que han mantenido los vascos con los cetáceos, en particular con las ballenas, puede calificarse de cualquier forma menos amorosa. «En la Edad Media los vascos fueron los primeros y únicos pescadores comerciales de cetáceos a gran escala. Por lo menos desde el siglo XI desarrollaron las técnicas para cazar ballenas a la vista de sus puertos en pequeños barcos abiertos. Su presa principal fue la ballena franca o de los vascos, que anualmente migraba a lo largo de la costa vasca, pues nada lentamente, es confiada y, ante todo, flota cuando muere y surte de grandes cantidades de grasa, carne y barbas. Desde la atalaya, el atalayero oteaba el horizonte intentado avistar un cuerpo rechoncho sin aleta dorsal y con el soplo en V, características propias de la ballena vasca», explica el experto en cetáceos Michael Barkham.

400 cazadas cada año

El trascendental papel de esta pesquería en las vidas e industrias de las poblaciones medievales queda bien patente en la elección de ballenas o escenas balleneras para los escudos de localidades como Bermeo (1297), Hondarribia (1297) y Biarritz (1351).

Tras el descubrimiento de América, prosigue Barkham, los vascos establecieron una industria ballenera en el sur de Labrador, matando en esas costas unas 400 ballenas cada año. «A partir de mediados del siglo XVI las pequeñas embarcaciones balleneras vascas, tripuladas por seis u ocho hombres incluyendo al arponero, fueron conocidas como chalupas», una palabra que ha sido incorporada al castellano y al ruso.



La industria de la ballena (de la que se conservan pecios vascos como el 'San Juan', hallado en Red Bay, Terranova, y elegida por la Unesco como símbolo del patrimonio submarino) decayó a principios del siglo XVII por falta de ballenas. «A partir de entonces, otras naciones europeas aprendieron de los vascos cómo cazar ballenas. En comparación, en esa época en la costa vasca se cazaban tan sólo unos 40 cetáceos por año. Este número se fue reduciendo y esta actividad en el Cantábrico prácticamente terminó en el siglo XVIII. En la costa vasca la última ballena fue capturada en Orio en 1901», apunta Barkham.

La ballena era entonces como el cerdo de hoy. Se aprovechaba todo. La grasa, derretida y filtrada hasta ser convertida en aceite o saín, se usaba en el alumbrado público o para elaborar jabones finos. Las flexibles barbas con que estos cetáceos filtran las aguas sirvieron durante siglos para varillas de corse, resortes, relojes y cualquier tipo de artefacto que precisase de elementos flexibles y duraderos.


La carne (la lengua estaba considerada un manjar), se consumía en fresco o salada. Los huesos se empleaban como elementos decorativos. En tiempos mucho más recientes el armador griego Aristóteles Onassis presumía de que los bancos de su bar privado en el yate 'Cristina' estaban forrados con piel de pene de ballena.

Citas frente a la costa

Afortunadamente hoy corren otros tiempos. Y el Golfo de Vizcaya es un escenario afortunado y un hábitat natural para los cetáceos. La existencia de numerosos cañones submarinos provoca concentraciones de cetáceos. Se citan frente a nuestras costas para migrar, aparearse o dar a luz. Especies casi desconocidas, como algunas variedades de zifios sólo señaladas por avistamientos esporádicos o cadáveres hallados en las playas, «viven en las aguas profundas» de estos cañones. Las zonas menos profundas del talud son las predilectas de delfines listados y comunes que, en ocasiones, se concentran en grupos compuestos por cientos de individuos «para alimentarse de los pequeños peces aún abundantes en nuestra costa», apunta Barkham.

Eslabones inferiores

«Los cetáceos suelen ocupar los lugares más altos de la red alimentaria. Al protegerlos protegemos a los consumidores de eslabones inferiores, produciéndose el llamado efecto paraguas. A su vez, los cetáceos también son una herramienta imprescindible para la conservación, y son animales que despiertan simpatía tanto en niños como en adultos, facilitando así que se respeten las leyes de protección».


Con esas pocas palabras sintetiza el historiador británico Michael Barkham el papel que, hoy en día, se han visto obligados a desempeñar los mamíferos marinos.

En el Cantábrico están presentes hasta 24 especies diferentes de mamíferos marinos. Un día claro, un par de buenos prismáticos, una atalaya sobre la costa y todo el tiempo de mundo pueden ofrecernos un botín tan enorme como insospechado: distinguir a los lejos el soplo desgarrado por el viento del ser más grande de la creación, la ballena azul que, sí, tiene sus rutas migratorias frente a nuestro litoral. ¡¡¡Por aquí resopla!!!

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